El jugador más veterano de los que aún se mantienen en la competición, el español Carlos Moyá, puso en su sitio al letón Ernsests Gulbis (7-5, 6-2, 6-7 (5) y 6-4), el de menor edad, que había disparado su ilusión con la presencia en la cuarta ronda del Abierto de Estados Unidos, de donde el balear le sacó con autoridad.
La irrupción de savia nueva no ha decaído las intenciones del español, que ha advertido que su bagaje es ahora un plus al talento. De hecho, la experiencia fue una de las claves en el duelo de octavos. Le enseñó el camino hacia octavos. No despreció la escasez de currículo de su rival y se dejó sorprender por Gulbis, tal y como le sucedió dos días antes a Robredo.
El letón ha exprimido al máximo su condición de comparsa. Un tenista sin pedigrí amparado sólo a un envidiable futuro que todavía no ha rentabilizado como se espera. A los dieciocho años, podía haber hecho más historia y convertirse en el sexto jugador de la Era Open en acceder a los cuartos de final en el año de su debut.
Gulbis llegó a Nueva York con una sola ronda superada como profesional en el año 2007. Fue en Roland Garros frente al británico Tim Henman. Escasa significación como para ser tenido en cuenta. Centró su preparación en “challenger” y “future” porque no ganaba partido alguno en el circuito.
Eso no le ha acomplejado en el último Grand Slam del curso. Ni tampoco tener enfrente a un tipo como Moyá, frecuente en el top ten y que llegó a liderar la cima del circuito. Se agarró al partido gracias a un servicio imponente, efectivo especialmente al inicio, y una derecha imparable. La inexperiencia es su enemiga. Falla con exceso y aún tiene que pulir el revés. Pero aún así ofreció pelea al mallorquín y llevó el partido a un cuarto set gracias a su mejor tino en un “tie break”.